Sostenida por la fe: la hermana Erika Sánchez celebra 25 años de vida consagrada

Sostenida por la fe: la hermana Erika Sánchez celebra 25 años de vida consagrada

Sostenida por la fe: la hermana Erika Sánchez celebra 25 años de vida consagrada

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Sostenida por la fe: la hermana Erika Sánchez celebra 25 años de vida consagrada

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El 29 de agosto de 2026, Consejera Congregacional Hermana Erika Patricia Sánchez Valdez celebró 25 años de vida consagrada rodeada de hermanas, familiares y compañeros de misión en Coatzacoalcos, Veracruz, México. En esta reflexión personal, mira en retrospectiva las experiencias, relaciones, desafíos y gracias que han dado forma a su vocación y misión a lo largo de estos 25 años.

Al celebrar mis 25 años de Vida Consagrada en la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, pongo mi historia, con profunda gratitud, en las manos del Dueño del Rebaño.

Mi vocación no nació de la autosuficiencia ni de la perfección humana. Llegó a mi vida como un don de Dios, como una llamada que no busqué ni esperaba, pero que fue tomando forma en mi corazón hasta convertirse en respuesta. Hoy puedo reconocer que Dios me llamó para ser su discípula y me envió a compartir con otros la misericordia infinita que Él había tenido conmigo primero.

A lo largo de estos años he aprendido que solo cuando reconozco mis propias miserias, heridas y fragilidades puedo acercarme con mayor hondura y ternura a las miserias y sufrimientos de los demás. Mi historia personal se fue convirtiendo, poco a poco, en el lugar desde donde Dios me enseñó a mirar, comprender y acompañar otras historias.

Mis raíces: una historia sostenida por la fe

Nací en Ciudad Isla, Veracruz, el 8 de marzo de 1979, fecha que posteriormente sería proclamada como el Día Internacional de la Mujer. Fui bautizada el 19 de agosto de 1979, en la festividad de San Juan Eudes, fundador de la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio.

Con el paso del tiempo, descubrí en estas dos fechas eran una hermosa coincidencia que parecía anticipar, de alguna manera, el camino que Dios iría trazando para mi vida: la dignidad de la mujer, por una parte, y el don del bautismo, por otra. San Juan Eudes afirmaba que la fecha del bautismo es aún más importante que la fecha del nacimiento, porque es el día en que verdaderamente nacemos para Dios. Hoy comprendo estas coincidencias como pequeños signos de una historia que Dios ya comenzaba a escribir

Sr. Erika junto con su madre y dos hermanos

Mi familia está conformada por mi madre, Juana Valdez Álvarez, y mis dos hermanos mayores, Zenaido y Antonio Sánchez Valdez. Cuando tenía cinco años, mi padre falleció a causa de un accidente. Desde entonces, mi madre asumió con valentía y amor el papel de padre y madre.

Ella ha sido siempre una mujer de fe profunda y de una confianza inquebrantable en Dios. Aun en los momentos más difíciles de nuestra vida, nunca la escuché renegar ni quejarse. Por el contrario, repetía con serenidad: “Dios es bueno y sabe lo que nos hace falta”.

Gracias a la fe de mi madre, he tenido la bendición de ser testigo de muchos milagros en la vida de mi familia y también en la mía. Hoy reconozco que uno de esos grandes milagros ha sido, precisamente, mi vocación.

Dios se hizo presente en mis heridas

Durante mi infancia y primera adolescencia, mi vida estuvo marcada por diversas situaciones de violencia e incomprensión. Estas experiencias fueron forjando el carácter indomable que me ha caracterizado y que solo Dios, con su paciencia y ternura, ha podido transformar.

Aquellas experiencias hicieron que mi corazón se fuera llenando de resentimiento, coraje y deseos de venganza. Sin embargo, fue precisamente allí, en medio de mis heridas y contradicciones, donde Dios comenzó a hacerse más presente.

A los 15 años experimenté algo que marcó profundamente mi vida: pude sentirme verdaderamente abrazada, comprendida y amada por Dios. Aquella experiencia produjo en mí una profunda transformación. Comencé a descubrir que mi historia, incluso con sus heridas, podía convertirse en un lugar de encuentro con Él.

Dos años después, a los 17 años, experimenté un nuevo llamado: hacer algo que jamás había imaginado, consagrar mi vida al servicio de las mujeres heridas como yo y transformar aquel coraje que llevaba dentro en fuerza para la misión de compasión, justicia y ternura.

Con el tiempo comprendí que Dios no había desperdiciado ninguna parte de mi historia. Incluso aquello que me había herido podía convertirse, en sus manos, en una fuente de compasión para acompañar a otras personas.

El llamado a la Vida Consagrada

El 19 de agosto de 1998 ingresé al postulantado en Saltillo, Coahuila, a los 19 años. Un año después, en la misma fecha, ingresé al noviciado. El 20 de octubre, en la Fiesta del Corazón de Jesús, pronuncié mis primeros votos de pobreza, castidad, obediencia y celo por la salvación de las personas.

Durante aquel tiempo de formación, Dios me concedió la gracia de conocer a hermanas que, a través de su testimonio silencioso y de su entrega cotidiana, me enseñaron el valor y la belleza de la Vida Consagrada. Ellas me ayudaron a comprender que la vocación no está exenta de dificultades ni de situaciones humanas complejas, pero que precisamente en medio de ellas es posible descubrir la fidelidad de Dios.

El 29 de septiembre de 2007, fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, a quienes tengo una especial devoción, pronuncié mis votos perpetuos en la ciudad de Coatzacoalcos, Veracruz, en la parroquia de San Felipe de Jesús.

Una vida entregada a la misión

Durante estos años de vida misionera he tenido la gracia de compartir la vida con mujeres en situación de prostitución, mujeres privadas de su libertad y víctimas de violencia. También he acompañado a niñas y adolescentes con problemas de conducta y en situación de vulnerabilidad.

Cada una de estas experiencias ha dejado una huella profunda en mi vida. En los rostros, heridas, luchas y esperanzas de tantas mujeres y niñas he descubierto el rostro de Cristo que continúa clamando por dignidad, justicia y misericordia. Sus vidas me anunciaron, de muchas maneras, que “una persona vale más que un mundo” y que siempre vale la pena seguir gastando la vida por la justicia, la dignidad y la esperanza.

Durante dos años tuve la responsabilidad de estar al frente de la Oficina Regional de Justicia y Paz para América Latina, en São Paulo, Brasil. También he tenido la oportunidad de asumir diferentes responsabilidades dentro de la Congregación.

Actualmente, mis hermanas me han confiado el servicio de liderazgo de la Congregación, formando equipo con otras hermanas y con la Líder Congregacional. Recibí esta responsabilidad no como un logro personal, sino como una nueva llamada a servir, escuchar, acompañar y caminar juntas.

Una misión que ensanchó mi corazón

A lo largo de estos 25 años, el Señor me ha concedido la gracia de ensanchar el corazón Me ha permitido compartir la vida, la fe y el pan con hermanas de diferentes países, idiomas y culturas. En este tejido comunitario tan diverso, el Espíritu Santo me ha enseñado a amar, respetar y aprender de la diferencia.

Sr. Erika con el Equipo de Promoción Vocacional en México.

Cada cultura se ha convertido para mí en un espejo de la grandeza de Dios. La convivencia con la diversidad me ha educado pacientemente en el arte de mirar el mundo con los ojos del Buen Pastor: sin juzgar, abrazando la totalidad de cada persona y descubriendo que el amor evangélico no tiene fronteras ni necesita traductores cuando se habla el lenguaje universal de la caridad.

Sostenida por la fidelidad de Dios

Seguir al Buen Pastor ha sido una aventura exigente y apasionante. Dios siempre me ha desafiado a ir más allá. He experimentado el peso de mi fragilidad, el vértigo de mis propias limitaciones y también momentos de tormenta interior en los que, humanamente, he querido soltar su mano. Pero Él nunca ha soltado la mía.

Su fidelidad ha sido infinitamente superior a mis dudas, mis temores y mis fragilidades. Cuando yo no veía el camino, Él seguía caminando conmigo. Cuando mis fuerzas parecían agotarse, Él me sostenía. Y cuando no sabía hacia dónde ir, su Espíritu volvía a recordarme que mi vida tenía un sentido: seguir al Buen Pastor y participar de su misión de misericordia para reconciliar el mundo con Él.

Veinticinco años: una historia de gracia

Hoy, al celebrar estos 25 años, no quiero contar mis años de Vida Consagrada como una historia de logros personales. Los contemplo como momentos de pura gracia .

Con el corazón encendido de amor de San Juan Eudes y con la audacia misionera de Santa María Eufrasia, hoy vuelvo a pronunciar mi “Aquí estoy, Señor”, con mi historia, mis heridas, mis aprendizajes, mis fragilidades y mis sueños.

Que mi vida continúe siendo un canal limpio de tu ternura, un refugio para quien sufre, una voz para quien no puede ser escuchado y un instrumento de tu justicia y misericordia.

Que nunca olvide que una persona vale más que un mundo.

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