En el Centro de Bienestar Maria Droste en Ciudad Quezón, en Filipinas, 33 hermanas — la mayoría ancianas y algunas con problemas de salud importantes — dan continuidad a su vocación a través de la oración, la presencia y la vida en comunidad. El centro, nombrado en honor a la Beata María Droste, cuya vida unió la oración con el servicio compasivo, combina la atención médica profesional con una vida diaria compartida en la que hermanas, enfermeras, cuidadores, personal y otros partners en la misión comen, rezan y comparten tiempo juntos. Aquí, tres hermanas y una partner en la misión que trabajan en el centro nos cuentan su experiencia.
Hna. Cora Malinay, Directora del Centro de Bienestar Maria Droste
Sinceramente es un privilegio cuidar, orar y compartir experiencias vitales con nuestras hermanas, y enriquecernos con su ingenio y sabiduría.
Muchas veces, también, me devuelven a recuerdos del pasado. En estas mismas hermanas, en la plenitud de su fuerza y con mentes activas, las veía corriendo de un lado a otro, gestionando apostolados, oficinas y desempeñando funciones en sus comunidades.
Siendo entonces una joven religiosa, me impresionó enormemente la dedicación y la compasión con que trataban a las personas a las que servían, en particular a mujeres, niñas y niños.
Entonces, poco a poco, aprendí a comprender lo que la Madre Fundadora había dicho, “para la gloria de Dios y el celo por la salvación de las personas”. Incluso ahora, con la realidad de la disminución, el celo y la compasión siguen presentes en nuestras hermanas.
El estilo de vida actual ha cambiado en gran medida. El enfoque ahora está en la vida de oración, la fidelidad a la oración, un esfuerzo por ahondar en la relación con Diosy vivir como decía santa María Eufrasia: «No tengo ningún talento, pero amo con todo mi corazón.” Intentamos vivir en comunidad y con las personas con las que nos relacionamos.
En efecto, con tantos cambios en nuestro entorno, continuamente buscamos la mejor manera de responder a las realidades y condiciones siempre cambiantes de nuestras vidas.
Un avance concreto en nuestra vida comunitaria es la adaptación de la estructura física: de un comedor para las hermanas que necesitan más cuidado y otro para las aún independientes, ahora tenemos un gran comedor que acoge a los dos grupos, además de nuestras enfermeras, cuidadores, personal, partners en la misión; y en algunas ocasiones especiales, también nos acompañan algunas personas que nos visitan.
Es también es nuestro lugar de reunión para las oraciones comunitarias, además de la gran capilla y el oratorio. La ventaja que experimentamos ahora, al estar reunidos en el mismo lugar para muchas actividades, es el aumento de la unidad entre nuestras hermanas y nuestros partners en la misióny poder percibirnos como si estuviéramos a solo una mirada de distancia el uno del otro.
Vea Alessa Peralta, enfermera geriátrica
Durante los últimos dos años, he estado cuidando a nuestras queridas hermanas ancianas como partners en la misión. Para mí, esto supone más que una profesión. Ha sido un viaje significativo de servicio, compasión y amor, guiado por el espíritu y los valores de Santa María Eufrasia.
Al cuidar de las hermanas, he aprendido a defender su dignidad, a tratarnos unas a otras con respeto y amabilidad, y a servir con un corazón lleno de misericordia y compasión. Sus vidas me recuerdan la importancia de la paciencia, la humildad y de reconocer el valor de cada persona, especialmente en sus años más vulnerables.
He tomado consciencia de que el servicio verdadero no consiste simplemente en atender las necesidades físicas de alguien, sino también en brindar consuelo, esperanza y amor. Vine aquí para servir, pero las hermanas me han dado mucho más a cambio. Han fortalecido mi fe y me han enseñado el significado real del servicio amoroso. Estoy profundamente agradecida por esta misión y por el privilegio de acompañarlas en su caminar.
Sra. Teresita Córdova, Coordinadora de servicios de apoyo a la enfermería / Coordinadora de la Comunidad
Para mí, este apostolado es a la vez un privilegio y una bendición. Cuidar de nuestras hermanas es una forma de expresar gratitud por los incontables años que dedicaron a servir al pueblo de Dios como misioneras en diferentes partes del mundo. Ellas generosamente entregaron sus vidas al servicio, inspiradas por el carisma de Santa María Eufrasia y el corazón compasivo del Buen Pastor.
Es una profunda experiencia de aprendizaje estar con ellas. Tengo el privilegio de escuchar sus historias de vida, regocijarme en con luchas y sacrificios, y ser testigo de su viaje de dejar ir a medida que se adentran en esta nueva etapa de sus vidas. Sus historias son un testimonio de la fconstante fidelidad de Dios y del poder transformador de una vida entregada al servicio amoroso.
Este apostolado hace un llamado a la paciencia, la compasión, la bondad y el profundo respeto por la dignidad de cada persona. Nos invita a estar presentes, a escuchar con el corazón y a acompañar a nuestras hermanas con ternura y comprensión.
Aunque muchas de ellas ahora enfrentan limitaciones físicas, he sido testigo de cómo su fe se ha profundizado aún más. Sus vidas siguen irradiando alegría, gratitud y serenidad. Agradecen los cuidados que reciben y han aceptado su realidad actual con una paz y una confianza en Dios extraordinarias.
Aquí encuentran consuelo en la presencia mutua y experimentan la calidez de una comunidad que las acoge. Más que un lugar de cuidados, es un hogar donde son valoradas, amadas y respetadas, un hogar donde realmente sienten que pertenecen.
A medida que las acompañamos en este camino, nos es constantemente recordado que cuidar de las personas mayores no es simplemente una responsabilidad, sino un ministerio sagrado. Es una oportunidad para honrar su legado, acompañarlas con amor y ser testigos de la belleza perdurable de vidas fielmente dedicadas a Dios y a su misión.
Hna. Emma Marzan, Coordinadora del Centro de Bienestar Maria Droste
Nuestra comunidad ha recibido el encargo de cuidar a nuestras hermanas ancianas y enfermas, un apostolado nuevo y profundamente significativo a la vez. A través de este camino compartido, hemos descubierto que se trata verdaderamente de un apostolado de gratitud y amor. Estas mujeres entregaron sus vidas al servicio de Dios y de la Iglesia, sirviendo a los pobres, a los marginados, especialmente a las mujeres y a niños/as en situaciones difíciles.
Ahora, en sus últimos años, tenemos el honor de acompañarlas, ofreciéndoles dignidad, compasión y oración. Así garantizamos que su fe y vocación sigan siendo el centro de su vida diaria. Incluso en la fragilidad, su celo por ayudar a los demás y su deseo de compartir su sabiduría siguen siendo evidentes. Cuando llegue el momento del último viaje de la vida, seremos testigos de su valentía al aceptar la vulnerabilidad.
Junto con nuestros partners en la misión, nos esforzamos por acompañarlas con fidelidad, reverencia y amor, honrando su legado y afirmando su dignidad.Este apostolado es a la vez gracia y desafío. Ante todo, es un testimonio vivo del amor incondicional y la fidelidad perdurable de Dios, que brilla en sus vidas.





