Tras haber asistido recientemente a las sesiones del Bicentenario celebradas en Roma, la Oficina de Comunicaciones entrevista a la hermana Rosa Vanessa Maita Fernández, de la Provincia de Perú, sobre su vocación, su vida en comunidad y sus esperanzas para el futuro.
¿Cómo fue tu primera experiencia con la llamada a abrazar tu vocación como hermana contemplativa del Buen Pastor? ¿Qué te llevó a responder a esa llamada?
Descubro este camino con Dios en un crecimiento evolutivo, desde una relación personal e íntima. Nació de una profunda necesidad de paz interior y del deseo de donarme y servir de manera diferente, a través de la oración por nuestras hermanas y hermanos más vulnerables, en quienes trabajan nuestra congregación y toda la Iglesia. Muchos de ellos necesitan ese encuentro con el Dios misericordioso que nos sorprende cada día con su gran corazón de Padre y Madre.
Me impactó profundamente el carisma centrado en la misericordia y la compasión, que busca la justicia y la dignidad humana y muestra el amor tierno de Dios. También me motivaron las dos formas de vida: la acción apostólica y la acción orante, que se sostienen mutuamente para continuar la herencia de nuestra Santa fundadora, María Eufrasia Pelletier. Al fundarnos, ella nos dejó ser como el Buen Pastor que va en busca del otro y de la otra. otro.
Para aquellos que no están familiarizados con la vida contemplativa, ¿cómo describirías tu ritmo diario?
La vida contemplativa, dirigida hacia lo profundo desde la sencillez del ser, es magnífica: nuestra propia vida, confrontada con la liturgia, nos va hablando de la belleza de Dios y nos invita a cultivarla en nuestro quehacer y en nuestro ser cotidiano. Seguimos un ritmo equilibrado en el que se priorizan el silencio, la oración y la lectura espiritual; también incluye periodos de estudio bíblico, entre otros oficios que necesitemos aprender, para adentrarnos en el espíritu antes de cualquier actividad externa.
Tenemos momentos de trabajo realizados con fidelidad, sin disipar el espíritu de contemplación de nuestro ritmo de vida, y también compartimos momentos fraternos en nuestra vida comunitaria, donde nuestras culturas, dones y creatividad hacen posible robar sonrisas y disfrutar de lo que la vida nos regala: la amistad y el amor de Dios.
Al mismo tiempo, la vida contemplativa no es aislado al mundo, es una presencia orante que sostiene la misión apostólica, este propulsor orante acompañan las situaciones que surgen en las obras de nuestras misiones, Dios es tan generoso cuando uno le habla a su gran corazón y brota de ello el amor misericordioso, nuestra vida no tan escondida enfocado en la visibilidad de nuestra relación con Dios permite acompañar desde un espacio espiritual a un acercamiento presencial cuando sea necesario abriendo nuestros comunidades para acoger a las realidades existentes que requieran de un acompañamiento más cercano. Como contemplativas, respondiendo al carisma, siempre atentas a poder responder desde una acción concreta cuando sea necesario. “El Buen Pastor va en busca de la oveja perdida” hacemos un apostolado silencioso de oración transformado en acción concreta.
¿Cómo la oración y la presencia de las hermanas contemplativas han sostenido silenciosamente la misión del Buen Pastor y han fortalecido a quienes sirven en las primeras líneas del apostolado?
Integrando la acción apostólica y la acción contemplativa, nuestra búsqueda en conjunto del rostro de Dios, la oración, el silencio y el quehacer diario, teniendo como centro la misión, nos hace conscientes de ser instrumentos de reconciliación y de misericordia de Dios. Desde el voto de celo y nuestra forma de vida de clausura constitucional, nos hace partícipes de estar insertas en los apostolados que se realizan en nuestra congregación y en la Iglesia, en la realidad del sufrimiento humano.
Con las obras que realiza la congregación, la vida contemplativa se plenifica en su oración fecunda y encarnada, en la acogida y en la escucha profunda de muchos hermanas y hermanos.
En un mundo que valora la visibilidad y la rapidez, ¿qué nos enseña la vida contemplativa sobre el amor, la libertad y aquello que realmente perdura?
La vida contemplativa, en su dimensión contemplativa, en su silencio, descubre lo sagrado de uno mismo, no como un consumo, sino como ser humano amado y creado para seguir dando amor. Solo amando podemos llegar a esa libertad anhelada de nuestro ser, que es conexión de deseos y acciones, de cocrear y seguir dando vida aun en nuestras vulnerabilidades y fragilidades, ya que si nos adentramos en ellas podemos observar la fuerza del alma que se consume en el misterio de lo inimaginable, donde solo la gracia bastará para ser liberados.
¿Qué significaron para usted, personalmente, las celebraciones del Bicentenario? ¿Cómo le afectaron?
Realmente es pura gratitud en el corazón y en el alma; fue como ir construyendo un poema de versos dedicados a cada etapa o a cada contenido, donde Dios fue sorprendiéndome en cada escucha, desde el corazón y la mente, desaprendiendo y aprendiendo nuevamente, de manera celebrativa, el don de mi vocación contemplativa y el llamado constante que voy absorbiendo en el contexto en que me encuentro. Quedó un soplo renovador para seguir caminando, compartiendo la vida y la esperanza; digo:quedó, pero esta vivencia, este escenario, sigue haciendo historia, que continúa entretejiéndose en el gran corazón de Dios y del universo.
Mirando hacia atrás en mi vida religiosa y en los 200 años de la rama contemplativa, me siento profundamente agradecida por la fidelidad de Dios a lo largo de todo este tiempo, por ser parte de esta gran familia de NSCBP, por la memoria de ser parte de una historia sagrada de amor, sufrida, pensada y realizada a los ojos de Dios, y por el asombro de la riqueza de ser una congregación internacional. Agradecida porque Dios me llamó a esta vocación específica, realizando su obra en mí.
La vida contemplativa, en su caminar, va dejando huella de la gratuidad de Dios, de ser la patena que sostiene la misión de la congregación y donde descansa el mundo, acompañando con ternura y acogida a quien lo necesite. Proyectada hacia el futuro, creo que la dimensión contemplativa se desarrollará plenamente con un corazón agradecido, fecundo y transformado, haciéndose presente en esta realidad cambiante como testimonio de vida y de donación. La esperanza que me sostiene es el corazón de la misión. Vivir una vida centrada en Dios y en la búsqueda de lo esencial nos hace libres en nuestra propia dignidad de ser hijas e hijos de Dios.






