Redactado de las anales de la casa de Montevideo por Sergio Carrión, Comunicador, Provincia de Argentina/Uruguay con la colaboración de Hna. Mónica Scavuzzo
El pasado 8 de mayo, la Iglesia celebró con gozo la fiesta de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina. Para Argentina y Uruguay, que late y sirve con un solo corazón como provincia en nuestra Congregación, esta fecha no es una festividad más. Encierra una de las "notas de color" más bellas, místicas y providenciales de nuestra historia rioplatense: la promesa y el milagro que dieron origen al templo de nuestra segunda casa en Montevideo.

Una afección grave y una fe inquebrantable
A fines del siglo pasado, la historia de nuestra provincia se cruzó de forma milagrosa con la Madre Santísima. Nuestra venerada Madre Visitadora, María de San Agustín de Jesús —nacida en Chile como Josefa Fernández Concha en 1835, colaboradora directa de Santa María Eufrasia— se encontraba en la Casa Provincial de Buenos Aires, Argentina, atravesando una situación crítica de salud.
Una seria y dolorosa afección en el oído llevó a los médicos a dictaminar una intervención quirúrgica de extrema gravedad para la época: debían abrir su cráneo. Con la fecha de la operación ya fijada, la comunidad no se dio por vencida y acudió a la fe. Comenzaron una ferviente novena a la Virgen de Luján, sellando una promesa: si la Madre sanaba, la futura iglesia que se proyectaba levantar en Montevideo sería consagrada bajo su santa advocación.

El algodón, el aceite y el asombro médico
Durante los días de oración, las hermanas acercaron aceite de la lámpara del santuario de Luján y, empapando un pequeño algodón en él, se lo introdujeron en el oído enfermo a la Madre María de San Agustín.
Lo que sucedió la víspera de la operación dejó atónita a la ciencia. Del oído de la Madre Visitadora se desprendió de forma natural un pequeño huesecito. Sin comprender del todo la magnitud del suceso, las hermanas se lo mostraron al médico cirujano, el Dr. Segura. Al revisarla, el médico declaró con asombro que la operación ya no era necesaria: la Madre estaba completamente sana. María de San Agustín, la mujer que dedicó su vida entera a la dignificación de la mujer en el continente, había sido tocada por la gracia de la Virgen de Luján.
La cruz de la espera y la complicidad del "Niño Dios"
Como suele ocurrir con las grandes obras del Señor, el camino no estuvo exento de dificultades. Tras el milagro, los bienhechores iniciales se vieron obligados a desistir del proyecto por motivos ajenos a su voluntad. Pasaron muchos años de silenciosa espera, y parecía que la promesa corría el riesgo de quedar en el olvido del tiempo.
Sin embargo, en 1927, la providencia volvió a manifestarse bajo la guía de la Madre María de San Juan Berchmans Salcedo. Un generoso bienhechor, Don Rafael Algorta Camusso, visitó la casa y preguntó por qué no se edificaba el templo. Al enterarse de la falta de recursos, pronunció una frase histórica que involucraba a su esposa: “Madre, empiece la construcción, que Helmira y yo seremos los peones”.
Es aquí donde aparece otro detalle entrañable y de profundo color místico. Desde muy joven, la Madre María de San Agustín arrastraba una devoción íntima y permanente hacia una pequeña imagen del Niño Dios que la acompañaba en cada misión y rincón que visitaba. Al elevar la consulta a la Madre Visitadora de aquel entonces sobre si debían aceptar la propuesta de los Algorta, la respuesta llegó con un guiño celestial que parecía conectar el pasado y el presente de la congregación: “El Niño quiere que se construya la iglesia».
Una herencia de fe que late hoy
Los planos fueron encomendados de inmediato al arquitecto Guillermo Armas, y lo que nació como un milagro de sanación física en Buenos Aires se materializó en ladrillos, fe y agradecimiento en Montevideo.

Hoy, al contemplar la fisonomía de nuestra Unidad Religiosa en Argentina y Uruguay, esta reseña histórica nos recuerda que las fronteras se desdibujan cuando la fe es grande. La Iglesia de Nuestra Señora de Luján en Montevideo no es solo un templo; es el testimonio vivo de un huesecito que cayó, una promesa que resistió al tiempo, un Niño Dios que dio su visto bueno y un manto materno que, desde Luján, sigue cobijando con amor el caminar de toda nuestra comunidad.

En reconocimiento a su compromiso con la justicia social, la Congregación creó el Fundación Madre Josefa en Chile, sobre el que puedes obtener más información aquí.






