El primer día de la visita del Equipo de Liderazgo Congregacional a la Provincia Colombo Venezolana , el 8 de marzo de 2026, inició con un gesto sencillo: un corazón con puertas abiertas.
Durante la celebración de la Eucaristía, este símbolo expresó profundamente el deseo de las hermanas presentes: ser una comunidad abierta a Dios, a las demás y al mundo. No fue solo una bienvenida, sino una intención para el camino que se abría.
Desde esos primeros momentos, la experiencia se configuró como un camino de encuentro. Los espacios compartidos con las hermanas mayores y los momentos de diálogo en el Espíritu con las Hermanas Contemplativas dejaron ver una profunda corriente de fe y fidelidad,una vida enraizada en la oración, que sostiene la misión, muchas veces de manera silenciosa.
Al día siguiente, en Rionegro, el encuentro se amplió con la participación de hermanas de las comunidades de Miraflores y San Juan Eudes, reunidas en el salón de la comunidad María Droste. Allí surgió una pregunta interpelante: ¿somos capaces de reconocer la vida nueva que brota en medio del dolor, la violencia y la incertidumbre? La invitación fue clara: caminar juntas, escuchar con mayor profundidad y permanecer abiertas a la transformación.
En la tarde, se llevó a cabo un encuentro con los laicos colaboradores en la comunidad María Droste, donde el Equipo de Liderazgo Congregacional expresó su gratitud por la entrega y el papel fundamental de cada uno en la misión compartida. Se destacó que todas y todos somos corresponsables de hacer vida el carisma de misericordia, compasión y reconciliación.

El diálogo abordó temas como las vocaciones, los desafíos actuales y el llamado común a responder a las necesidades del mundo. Se reflexionó sobre cómo extender la misión más allá de la Congregación hacia la vida cotidiana, siendo signos vivos de compromiso y vocación.
La jornada concluyó con expresiones artísticas que, a través de la danza, reflejaron la riqueza cultural de las regiones de la provincia.
Luego, el camino continuó hacia Medellín.
En el sector de San Juan Eudes, las calles, las montañas y los hogares narraban historias de lucha y transformación. En la parte alta de la montaña, en un hogar sencillo, Laura — participante del proceso — compartió su testimonio de vida, mostrando cómo, a través del acompañamiento de la Fundación El Buen Pastor, su vida y la de su familia han experimentado cambios significativos. Laura, a program participant, shared her story of how, through the accompaniment of Fundacion Buen Pastor, her life—and the life of her family—had begun to change.
En la tarde, mujeres participantes colombianas y venezolanas compartieron sus historias en un espacio marcado por la resiliencia, la esperanza y la superación, culminando con música y danza.
Desde Medellín, la visita continuó hacia Bogotá.
Allí, el ritmo cambió. En la comunidad Corazón de María, junto a las hermanas mayores, se percibía una profunda serenidad: una fuerza silenciosa construida a lo largo de los años en fidelidad. La hermana Joan ofreció un mensaje profundamente significativo, resignificando esta etapa de la vida como un tiempo de transformación, no de disminución.
Reconoció a las hermanas mayores como <fuerza silenciosa>y <memoria viva>que sostiene y orienta la Congregación.
Pero Bogotá también reveló otra realidad.
En el caminar junto a los equipos de pastoral de salida y encuentro, las hermanas Joan y Erika compartieron con mujeres en contextos de explotación sexual y vulnerabilidad. No hubo respuestas grandes ni soluciones inmediatas; hubo presencia, escucha y gestos sencillos de compasión: una palabra, una sonrisa, una oración. Y en esos gestos, se restauró algo esencial: la dignidad.
El recorrido continuó.
En Ibagué, hermanas, laicos colaboradores, voluntarios y comunidades se reunieron en espacios de oración, diálogo y vida compartida. Hubo creatividad, alegría, relatos de vida y experiencias que recordaron que la misión también se sostiene en la fraternidad y la cercanía humana.
En cada lugar visitado se hizo evidente un hilo común: la misión es compartida.Hermanas, laicos y voluntarios forman parte de un mismo camino: caminando juntos, escuchando juntos y respondiendo juntos.
A medida que avanzaban los días, el significado del símbolo del <corazón con puertas abiertas> se hizo más claro. No se trata solo de acoger a otros, sino de estar dispuestas a cambiar, a soltar, y a adentrarse en la incertidumbre con confianza.
Después de doce días, el camino regresó a su punto de inicio: la acción de gracias.
En la Eucaristía final, todo lo vivido — encuentros, historias, desafíos y esperanzas — fue ofrecido y reunido. Sin embargo, no se percibía como un final.
Porque permanecía una pregunta fundamental:¿Cómo seguimos manteniendo las puertas abiertas?
La respuesta no está en un momento puntual, sino en una decisión cotidiana:caminar en sinodalidad, confiar en el Espíritu y permanecer comprometidas con aquellas personas cuya dignidad clama ser reconocida.
El camino puede haber concluido, pero la invitación continúa.






